Clínica

Dimensión clínica del psicoanálisis

La angustia es considerada a menudo como algo patológico. Así es como la trata la cultura en general, y algunas formas de la ciencia o de la salud mental. Pero la angustia es en verdad una señal, solo que no se sabe exactamente señal de qué, pues no es lo mismo para todos y es opaca para quien la padece.

La angustia, como otras formas de padecimiento subjetivo y otros nombres que recibe, incumbe íntimamente a quien la sufre y apunta a algo fundamental de sí mismo, que se le escabulle, al tiempo que padece esos indicios sintomáticos.

El síntoma, ese extraño que trae la angustia de no saber de qué se trata, es índice de lo que escapando a nuestro dominio nos interroga. Y es que genera una extrañeza, precisamente porque no entra en lo corriente.

El problema es lógico y sin duda necesita de una ciencia. La dimensión clínica del psicoanálisis implica un espacio y un proceso para acoger al síntoma y a esa terceridad que se hace presente por el síntoma, esa extrañeza de lo distinto a lo que aparentemente debería ser. Acoger a la angustia y no negarla, pero ir acotándola de su modalidad indiferenciada, permite hacer el trayecto del síntoma, que es un verdadero proceso clínico. Nada tiene que ver con cargar de sentido las razones de la angustia. Un proceso apaciguante y creativo a la vez, puesto que la angustia lleva la huella de la necesidad de algo propio que cuente con lo no sabido que, justamente, se hace indicio.

El psicoanálisis es un espacio para acoger a otro espacio. Un psicoanálisis comienza cuando una vez realizadas algunas entrevistas, cuando hemos podido ubicar lo que sufre, se despierta el verdadero interés por hacer el proceso del síntoma, por hacer ese proceso personal que pasa por un nuevo espacio/tiempo dedicado al tránsito de cada psicoanálisis particular. 

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